La huella española en Marruecos

Tánger y la historia de la última plaza de toros de África

Nunca más se celebrará una corrida en la plaza de toros de Tánger, la última que existe en un país africano, que se convertirá en centro de ocio. Hace mucho que no se utiliza para el toreo. Actualmente es el hogar de cuatro familias.

Detalle de la fachada y parte del tendido de la plaza de toros de Tánger con la ciudad al fondo. EFE/Javier Otazu

Debe ser la única plaza de toros en el mundo rodeada de mezquitas: el coso de Tánger, construido allá por 1950, ya nunca más verá una corrida. Su destino inmediato pasa por convertirse en un centro comercial o una sala de espectáculos.

Si no fuera por la que existe en la ciudad de Melilla, la de Tánger es la última plaza de toros en pie en toda África, y por ella han pasado figuras míticas del toreo como Luis Miguel Dominguín, el Litri o Manuel Benítez el Cordobés.

Ropa al sol en el ruedo de Tánger

Pero ya no queda ni arena en el ruedo, ocupado ahora por una frondosa higuera, un olivo raquítico y ropa tendida al sol, que pertenece a una de las cuatro familias que ocupa los bajos de esta plaza de 11.000 localidades.

Aunque los tangerinos llaman al lugar plasa toro (sic), lo cierto es que la mayor parte de su vida este enorme espacio ha servido para otras cosas de lo más variopintas: feria comercial, ring de boxeo y sala de conciertos.

Incluso fue utilizada como centro de internamiento temporal de inmigrantes subsaharianos en los años noventa, cuando Tánger pasó a ser la palanca de acceso para probar fortuna en El Dorado europeo.

Posteriormente, ha servido solo como escenario de conciertos, pero en realidad ha permanecido casi todo el tiempo cerrada a cal y canto. A su alrededor, en el barrio de Moghogha, entre charcos y malas hierbas, deambulan por las noches vagabundos y pandilleros, y los vecinos se quejan de la peligrosidad del lugar.

Gradas de la plaza de toros de Tánger y ropa tendida al sol, que pertenece a una de las cuatro familias que ocupa los bajos de esta plaza de 11.000 localidades. EFE/Javier Otazu

Gradas de la plaza de toros de Tánger y ropa tendida al sol, que pertenece a una de las cuatro familias que ocupa los bajos de esta plaza de 11.000 localidades. EFE/Javier Otazu

Una plaza franquista

La plaza tangerina fue construida en 1950, en los años de mayor fervor nacionalista español impulsado por el franquismo. En Marruecos, nadie pensaba entonces que la independencia del país estaba cerca, y España ejercía su protectorado en el norte del país con la confianza de un largo futuro por delante.
El estatus internacional de Tánger siempre molestó a España, como recuerda el historiador Bernabé López García, y por ello el régimen franquista multiplicaba los gestos patrióticos en defensa de “la españolidad de Tánger”.

Fotografía facilitada por el Ayuntamiento de Tánger del único cartel que queda del día de la inauguración de la plaza de toros de la ciudad en 1950. EFE

Fotografía facilitada por el Ayuntamiento de Tánger del único cartel que queda del día de la inauguración de la plaza de toros de la ciudad en 1950. EFE

Cuenta el historiador que la plaza, inaugurada a bombo y platillo un 27 de agosto de 1950 con “7 bravísimos toros 7” toreados por Parrita, Martorell y Calerito, nunca fue rentable porque todo -los astados y los toreros- tenían que llegar de la Península, y la Legación española tuvo que sufragar con frecuencia los gastos.

La plaza tuvo seis años escasos de actividad continuada, pero en 1956 (año de la independencia de Marruecos) terminan los festejos. Se reabrió brevemente en 1970 con El Cordobés como cabeza de cartel, pero aquel fue su certificado de defunción.

Y comenzó entonces una nueva vida, pero nadie sabía qué hacer con ella.

Los “okupas” de la plaza

La plaza es desde hace unos años hogar de cuatro familias, que se dicen descendientes más o menos directos de Ahmed Yasini, el último acomodador del ruedo tangerino, según relata su hijo Hasán.

Sea o no cierto, Hasán tiene la llave de la única puerta de acceso a la plaza, además de una serie de documentos expedidos por las autoridades españolas de entonces a nombre de su padre.

Hasán nació y vive ahora con su mujer y sus dos hijos pequeños en los bajos de la plaza, junto a tres familiares más y sus retoños.

En los restos oxidados y carcomidos de un escenario levantado para quién sabe qué actividad, la familia de Hasán cuelga la ropa a tender, porque afortunadamente tienen al menos luz eléctrica y agua corriente.

No queda ni un solo cartel o resto que recuerde que allí hubo toros y toreros. Poco a poco, los visitantes han ido llevándoselo todo.

Varios perros vagabundos merodean por los graderíos vacíos y ladran sin ton ni son en el silencio del mediodía.

Sostiene Hasán que “hace unos meses” escribió al Consulado español de Tánger para que le den alguna especie de gratificación en reconocimiento a su familia por haber guardado el lugar durante décadas. No recibió ninguna respuesta. No sabe o no quiere saber que la plaza ya dejó de ser española hace medio siglo.

Fachada de la plaza de toros de Tánger. EFE/Javier Otazu

Fachada de la plaza de toros de Tánger. EFE/Javier Otazu

Declarada Monumento Nacional

En 2016, el gobierno marroquí declaró la plaza tangerina como “monumento nacional”, para blindar el lugar contra cualquier cambio que pudiera afectar a la morfología y la arquitectura del lugar.

Sabedor de esta particularidad, el ayuntamiento de Tánger, propietario del coso tras un regalo del rey Hasán II, emprendió el pasado año una búsqueda realista de posibles destinos para la plaza, y comenzó por indagar en lo sucedido en las plazas catalanas de Barcelona y Tarragona en su nueva etapa post-taurina tras prohibir el parlamento regional las corridas de toros en 2010.

Cuenta el vicealcalde tangerino Driss Rifi Temsamani que el modelo que finalmente les convenció fue el aplicado en Valencia, donde continúan las corridas de toros pero se alternan con otros usos recreativos, porque el ayuntamiento ha decidido que quiere un “modelo mixto”.

Así surgió la idea de encargar a la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia un concurso de ideas abierto a todos los alumnos y, a principios del pasado diciembre, el ayuntamiento seleccionó a los tres ganadores, para optar por una “fusión” de todos ellos y apostar por un futuro para la plaza que combine los usos culturales y los comerciales.

En todo caso, Temsamani entiende que el proyecto llevará “entre cinco o seis años”, y avanza una cifra aproximada 20 millones de dirhams (unos dos millones de euros) como gasto mínimo para acometer la reforma.

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Publicado en: El mundo

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