BÉLGICA

El ‘Frietmuseum’ de Brujas recorre la historia de la patata frita belga

La patata frita es un icono de la gastronomía belga pero también un alimento cargado de historia, leyendas y falsos mitos que recorre el Frietmuseum, un museo ubicado en un edificio del siglo XIV en Brujas que pone en valor este alimento milenario y recoge su origen hispano.

Variedades de patata y una recreación de sus orígenes andinos, uno de los aspectos que recorre el "Frietmuseum" de Brujas. Foto: EFE/Mónica Faro

Se trata del único museo del mundo dedicado a la patata, cuenta con más de 5.000 variedades y, pese a no tener orígenes belgas, es una de las bases de la gastronomía del país, donde está presente en sus miles de friteries, que se remontan a finales del siglo XIX.

La historia de la patata belga

La patata llegó a Bélgica de la mano de un explorador español, Gonzalo Jiménez de Quesada, que buscando El Dorado en Colombia en 1537 encontró cultivos de maíz, judías y patatas.

Junto con otros conquistadores, llevó la patata a España, donde se convirtió en un alimento principal en el hospital de la Sangre de Sevilla, hacia 1573.

Bélgica atribuye uno de los orígenes de la frite precisamente a una española, Teresa de Ávila, quien impulsó su cultivo para alimentar a los enfermos creyendo en sus propiedades curativas “cuando ya se cocía con aceite de oliva, y es posible, y muy probable, que la patata también”, según las investigaciones de Cédric y Eddy Van Belle, fundadores del centro.

Sería un italiano residente en ese convento quien trasladó la patata de España a Bélgica en 1586, según este recorrido histórico, que explora las raíces andinas del tubérculo y cuenta con los primeros documentos impresos que hacen referencia a su cultivo.

Entre ellos, destaca el primer tratado de botánica, de Charles de L”Écluse, uno de los horticultores más influyentes del siglo XVI que en 1601 publicó una de los primeros dibujos que se conocen del tubérculo.

Primer tratado de botánica, de Charles de L"Écluse, uno de los horticultores más influyentes del siglo XVI que en 1601 publicó uno de los primeros dibujos que se conocen del tubérculo. Foto: Foto: EFE/Mónica Faro

Primer tratado de botánica, del horticultor Charles de L”Écluse, que en 1601 publicó uno de los primeros dibujos que se conocen del tubérculo. Foto: Foto: EFE/Mónica Faro

También los primeros estudios que elevaron el valor de la patata más allá de la botánica, considerado durante décadas como un alimento de pobres, una percepción que cambió con los estudios del influyente Parmentier, farmacéutico militar que promocionó las virtudes de la patata e impulsó su cultivo en la corte de Luis XVI.

Según la leyenda que recoge el Frietmuseum las patatas fritas se implantaron como alimento en Bélgica cuando las heladas congelaron el río Mosa y los habitantes de la región decidieron cortar las patatas en láminas y freírlas como si fueran pequeños pescados, que era el alimento principal de su dieta.

La primera friterie

Fue en 1869 cuando un grupo de comerciantes escribió una carta al alcalde de Brujas pidiéndole autorización para freír patatas en la plaza principal con motivo de una kermesse, una fiesta popular; así nació la primera friterie, un carro tirado por un perro con una gran cacerola y carbón de leña.

Cada año, Brujas organiza un sorteo para la autorización de las licencias de los quioscos de “frites” de su plaza principal, que cuestan unos 100.000 euros al año.

La expresión french fries (patatas francesas), como se denominan a día de hoy en Estados Unidos y que enfada a algunos belgas, surgió en la Primera Guerra Mundial, cuando al parecer unos soldados valones, hablando en francés, ofrecieron degustarlas a los militares americanos.

Patatas fritas cocinadas según la tradición belga, con la famosa doble fritura. Foto: EFE/Mónica Faro

Patatas fritas cocinadas según la tradición belga, con la famosa doble fritura. Foto: EFE/Mónica Faro

“En realidad son patatas belgas”, dice a Efe Nico, uno de los frituristes que trabajan en el quiosco de degustación con el que termina la visita al museo, y reivindica “la tradicional fritura doble belga”: una primera en aceite vegetal, a 160 grados y entre cuatro y ocho minutos, y una segunda en grasa de vaca, a 180, que les aporta un característico sabor a manteca.

El objetivo de esta doble cocción es crear una corteza que “protege” el interior de las frites, y removerlas para separarlas antes de la segunda fritura y evitar que se peguen.

Elaboración tradicional

Una tradición que se vio amenazada hace uno año cuando la Comisión Europea hizo una propuesta para reducir la acrilamida, una sustancia que se genera cuando se fríen alimentos a altas temperaturas y que se considera cancerígena si se consume en dosis elevadas, una idea que ponía en peligro las frites y generó preocupación incluso entre las autoridades belgas.

Mientras el concepto de friterie ha permanecido prácticamente intacto desde 1900, el museo muestra la evolución tecnológica que ha permitido una mecanización de su producción -solo en este pequeño museo se fríen 100 kilos al día– con ejemplares de máquinas también para uso doméstico, similares a las que se comercializan para cortar la pasta italiana.

El frietmuseum resalta además su valor nutricional, con su contenido en fibras, magnesio, potasio y vitamina C, y sus usos como remedio casero, como antídoto contra la gota, la artritis o las quemaduras.

Sobre la creencia de que las patatas engordan, sus defensores sostienen que “engorda más la salsa que la patata”, en un país en el que el otro gran adorado de la gastronomía es otro producto rodeado de mitos, traído de América y convertido en alimento de culto: el chocolate.

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Publicado en: Gastronomía

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