Teruel claro que existe… y enmudece

Viajera: Lucía Ruiz

Tengo una amiga que mantiene que hasta que no conozca en profundidad todos los destinos españoles no se lanzará a hacer grandes viajes. En esta aventura me he acordado mucho de ella, porque por cuestiones laborales de la vida, que no vienen a cuento en este blog, he llegado hasta un paraíso escondido en una de las provincias menos transitadas, al menos para mí: la que discurre en torno al río Matarraña, en Teruel. Un paraíso… y yo sin saberlo.

El puente de piedra de Valderrobres, sobre el río Matarraña. Foto. Lucía Ruiz.

El puente de piedra de Valderrobres, sobre el río Matarraña. Foto. Lucía Ruiz.

Me adentré en este territorio desde la provincia de Tarragona y, al pasar por la travesía del primer municipio –Calaceite-, me quedé extrañada ante unas fabulosas casas señoriales de piedra que aparecieron a ambos lados de la calzada. Seguí mi camino y, kilómetros más tarde, pasé por Cretas y tuve la misma sensación de volver siglos atrás en la historia.

El siguiente municipio, Valderrobres, era mi destino, y cuando advertí las indicaciones de “Castillo” e “Iglesia”, no me lo pensé: apagué la radio del coche y abandoné la agotadora tarea de intentar conectar mi móvil al GPS para localizar mi hotel y rodeé el pueblo para llegar hasta ellos.

Vista desde unos de los restaurantes de Beceite. Foto. Lucía Ruiz.

Vista desde unos de los restaurantes de Beceite. Foto. Lucía Ruiz.

Entonces viví un momento único. Con el sonido del balar de las ovejas, presencié mi primer atardecer en la Matarraña, que no será el último. Me alegré muchísimo de haber llegado sin apenas información: cada vez más, la ingente cantidad de catálogos, folletos e Internet nos impiden esta vivencia única, la capacidad de sorpresa.

En mi estancia, me han comentado que Valderrobres está en el club de los pueblos más bonitos de España. No me extraña. Para una apasionada de los colores como yo, es fabuloso. No he parado de hacer fotos en las que destacan dos: el ocre de sus casas y edificaciones de piedra y el verde típico de las riberas de los ríos y de las macetas cuidadas y expuestas con mimo en puertas, ventanas y balcones.

Vista general. Foto. Lucía Ruiz.

Vista general. Foto. Lucía Ruiz.

Una vez superado el shock de mi llegada, me impuse aprovechar todo el tiempo que tenía para ver cuanto más mejor. En la Oficina de Turismo me dieron un montón de alternativas y me decidí por empezar por Beceite, el pueblo en el que nace el río Matarraña, que da nombre a la comarca. Y allí me fui yo, con mi móvil sin conexión, mi mapa y mi cámara de fotos. El municipio merece la pena para un paseo relajado y tiene ese olor a pino que siempre me lleva a mi infancia.

Me informaron de que había unos caminos naturales hacia unas pozas, y ahí fue cuando me dí cuenta de mi gran error: las pozas tenían una pinta tremenda y refrescante, pero yo había dejado mi biquini en el hotel y lucía un vestido y unas sandalias muy monas, pero no aptas para llegar a las piscinas. Hay quince pozas, pero solo llegué a ver las primeras: la envida al ver a los bañistas disfrutar de este entorno me corroía.

Pero me desquité. En el camino hacia el nacimiento del río, encontré una indicación de piscina natural y ahí me paré. De pronto me sentí pequeña, pues de niña disfruté, y mucho, de un enclave similar en la lejana provincia de Sevilla, en ese otro tiempo de flotadores y niños jugando con los labios morados, pues el agua, al igual que la del Matarraña, estaba bien fresquita. No me pude aguantar y me metí a probarla, hasta donde pude, claro, que no era cuestión de “salir en los papeles”. Por cierto, muchas gracias al señor tan majo que me hizo la foto.

Vista del casitllo y la iglesia de Valderrobres. Foto. Lucía Ruiz.

Vista del castillo y la Iglesia de Valderrobres. Foto. Lucía Ruiz.

Luego descubrí otros parajes y ciudades, y una gastronomía deliciosa, pero no desvelo mucho más, pues en breve habrá un amplio reportaje en esta web sobre este destino.

Me marcho con la misma impresión que llegué: la sorpresa por la capacidad de esta comarca, de todos los pueblos que he podido ver, para mantener una identidad única. Me parecen un grupo uniforme de edificaciones, a cual más cuidada e impactante. Y silenciosas. Cuando llegas desde una gran urbe como Madrid, poder escuchar tus pasos y la naturaleza es un valor añadido.

Volveré.

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