La fumarola del Teide

Viajera: Lucía Ruiz Simón
La Real Academia de la Lengua define “fumarola” como “grieta de la tierra por donde salen gases sulfurosos o vapores de agua cargados de algunas otras sustancias”. Por la experiencia vivida, añadiría una acepción: “aire caliente que sale de un volcán y que te ayuda a mantener la integridad de todos los dedos sin entrar en congelación cuando subes al Teide de madrugada para ver el amanecer en el Techo de España sin los medios necesarios“.
Pero éste es el final de la historia. Vamos por orden.
Todo comenzó hace unos meses cuando haciendo un reportaje de destinos geológicos supe que en la falda del Teide hay un Refugio, el de Altavista, que dormir allí es muy asequible para el bolsillo y subir a la cima requiere cierto esfuerzo físico, pero asumible para todos aquellos que estamos acostumbrados a sudar pero no somos pro.

Subida al Teide por el sendero de Montaña Blanca. Foto: Lrs.

Subida al Teide por el sendero de Montaña Blanca. Foto: Lrs.

Más tarde descubrí que por solo 40 euros hay vuelos ida y vuelta desde Madrid a Tenerife, con unos horarios perfectos para preparar esta escapada en un fin de semana (pista, buscad con Ryanair).

En resumen, este gigante de la geología me estaba llamando a gritos y acudí a su encuentro. Y allí me planté, con la santa idea de subir y bajar corriendo por la ruta de Montaña Blanca (sí, me podéis llamar masoca), bajar de nuevo a por la mochila y subir en teleférico para, entonces sí, pasar una plácida noche en el Refugio, disfrutando fundamentalmente del silencio de la montaña y de las estrellas.

Correr por un paisaje lunar

La ruta fue espectacular, esos paisajes lunares al trote te hacen sentir tan pequeña como cuanto observas el mar en una tarde de tormenta o como cuando puedes sentarte a presenciar sin prisas una puesta de sol.

Imagen del Teide. Foto: lrs.

Pero siempre hay contratiempos: después de correr por la montaña 20 kilómetros, lo que menos te esperas al bajar a por tus pertenencias es que el teleférico con el que pensabas volver a subir esté ¡¡¡cerrado!!!. La seguridad es lo primero y es verdad que hacía mucho aire, pero cuando te fallan las fuerzas, este “incidente” se convierte en un muro más grande que el propio Teide.

Machaque emocional nivel mil. Pero hay que reponerse y volver a andar, lo de correr ya no era una opción. Y así lo hice, de nuevo 10 kilómetros de ascenso, 800 metros de altitud hasta los 3.300 con escasos medios para el frío y aún más raquíticas provisiones para comer y beber. La noche acechaba y bajar a comprar no era una alternativa viable.  (En el Refugio no hay más que una máquina expendedora de agua y otra de café y chocolatinas).
Pero como decía mi abuela, en todos lados hay gente buena, y así lo constaté con un fabuloso grupo de jóvenes canarios (alabados sean) que nos salvaron de morir de inanición tras el espectacular esfuerzo físico y nos cedieron parte de sus líquidos y víveres. Al final conseguimos montar una cena -con tortellinis al avecrem de base- atún, sopa de sobre y plátanos. Y con estos nuevos amigos dormimos en una habitación de 20 personas.
A las 5.00 de la mañana, con todos los elementos de abrigo que había llevado, comenzamos el ascenso hacia la cumbre, que nos vería llegar una hora más tarde con el corazón a mil por el esfuerzo y las extremidades heladas. Lo que allí se puede vivir es único y queda grabado para siempre en la retina (y en las fotos del “postureo” ).

Amanece en el Teide. Foto: cedida por Lrs.

Amanece en el Teide. Foto: cedida por Lrs.

Pero la montaña es traicionera y el frío (-10 grados) estaba obligando a acabar con la aventura de una forma demasiado apresurada. Hasta que apareció la fumarola, ese hueco por donde el gran monstruo lanzaba un aire tan caliente como para que la sangre volviera a manos y pies y tan gustoso como una tarde de invierno bajo una mesa camilla. Placer sulfuroso en estado puro.

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