Barcelona, ¿quién dijo hambre?

Viajera: Laura Cristóbal

Que sí. Que ya hemos ido a Barcelona tantas veces que nos saludan los floristas de Las Ramblas. Que entre los viajes de trabajo, los Congresos, las visitas familiares y los amigos prófugos ya nos conocemos hasta el último rincón del Born y recomendamos la visita guiada del Palau a todo el que pise la ciudad.

Que tenemos muchas excusas para decir que ya hemos visto todo… cierto; pero que ninguna es buena, también. Y este verano decidí que 48 escasas y preciadas horas libres podían hacer de Barcelona el destino en el que reinventar el término “escapada gastronómica” sin estrellas, ni soles. Sin orden, ni concierto, ni gurú culinario que me lo impusiera.

A excepción de una obra de teatro y un asalto a la mejor tienda de encuadernación de libros de la ciudad (eso no se perdona -otro día hablaremos de viajar por el puro placer de pisar un teatro, una librería o una biblioteca…), todo se redujo a hacer la combinación más personal -por no decir iconoclasta y estrafalaria- de lo que quería comer cuándo, cómo y dónde me apeteciera. Y que sanmichelin me lo perdone.

Para empezar, ignoré las horadas de turistas y me lancé a La Boquería como si no fuera la enésima vez que me colaba por sus rincones; Juanito logro en su insustituible Pinotxo lo que no consiguió mi madre en toda su vida: que me comiera un plato de chipirones con judías. Inenarrable. Me dio igual el taburete, los empujones y el bullicio. Le sumamos unos caracoles y unos pimientos de Padrón y de ahí a no sentir los 37 grados al 80 por ciento de humedad fue todo uno. Cierto es que también influyó que me esperaba uno de los postres más divertidos a los que me he rendido nunca: un helado de mango con toppings de fresa y oreo en Eyes Cream. Como lo oyen. Bueno, mejor como lo ven en la foto. Nunca me había hecho ojitos un helado….

 

Tapas, siempre tapas

No hay aventura gastronómica que se precie si no se cambia de planes sobre la marcha. Y en vez de ese ansiado arroz al borde del mar en chiringuito reputado, pasé tantas veces ante las colas para coger mesa de la Cervecería Catalana que se impuso la curiosidad. La cola no fue para tanto, y las tapas, todo un descubrimiento. En el mientras tanto, supe que el local está de moda, que el público va desde el familiar que desayuna a las 9 de la mañana al más trasnochador que a la 1 de la madrugada no sabe si rogar que le abran la cocina un ratito más o lanzarse directamente al gin-tonic y que, si no me paran, remato la lista de tapas al completo.

 

Agotado el primer día de experimento entre turístico y gastronómico (le dimos la vuelta al mapa hasta armar el triángulo culinario), la segunda jornada sí se ciñó a lo planeado: anidar en ese maravilloso restaurante vegetariano -Vegetalia-  con ventanas al mar (o más correctamente, con vistas a Nuestra Señora del Mar), donde el producto de primera calidad hizo de la comida una experiencia única y el trato, el siguiente motivo por el que habrá que volver.  Faltan en la imagen un humus en su punto y un pan con tomate con alioli vegetariano que no tengo palabras de foodie para describir. Sólo diré que fue una comida “descubrimiento” (término poco preciso, pero absolutamente sincero). Para la memoria gustativa, ahí van esas verduras con romesco y la hamburguesa de lentejas capaces de convencer al más reticente de que comer en un vegetariano puede ser una delicia difícil de superar.

El final de este road-food-movie, que incluyó algún que otro minibocadillo exótico, helados a deshoras y aperitivos al borde del mar, se lo reservo a quienes me hicieron sentir como en casa y sonrieron comprensivos cuando les confesé que quería la carta entera, pero que no iba a poder ser… La Terraza del Claris me devolvió la fe en el espacio -es una terraza única volcada al centro de  Barcelona-, en el servicio -profesional y cercano, y siempre impecable- y en el sabor: cada plato elegido de la carta fue un hallazgo y una recompensa a esta aventura culinaria que más que un viaje fue un pacto entre amistad y sabores.

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