TURISMO DE CEMENTERIOS

No es serio este cementerio

En coche o en transporte público. Los cementerios de Madrid se engalanan con motivo del día de Todos los Santos para recibir a familiares, pero también a cientos de turistas que se acercan a descubrir un concepto completamente diferente de la muerte.

  • <p>Detalle del Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur</p>

    Detalle del Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

  • <p>Emotiva escultura en el Cementerio de San Justo (Madrid). Foto: Javier Jara</p>

    Emotiva escultura en el Cementerio de San Justo (Madrid). Foto: Javier Jara

  • <p>Sepultura de Raimundo Fdez. Villaverde. Cementerio de San Lorenzo (Madrid). Foto: Javier Jara.</p>

    Sepultura de Raimundo Fdez. Villaverde. Cementerio de San Lorenzo (Madrid). Foto: Javier Jara.

  • <p>Aspecto actual de la zona de párvulos del Cementerio de La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur</p>

    Aspecto actual de la zona de párvulos del Cementerio de La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

  • <p>Espectacular sarcófago en el Cementerio de Santa María (Madrid). Foto: Javier Jara.</p>

    Espectacular sarcófago en el Cementerio de Santa María (Madrid). Foto: Javier Jara.

<p>Detalle del Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur</p>
Emotiva escultura en el Cementerio de San Justo (Madrid). Foto: Javier JaraSepultura de Raimundo Fdez. Villaverde. Cementerio de San Lorenzo (Madrid). Foto: Javier Jara.Aspecto actual de la zona de párvulos del Cementerio de La Almudena (Madrid). Foto: AM/EfeturEspectacular sarcófago en el Cementerio de Santa María (Madrid). Foto: Javier Jara.

Así que, imaginemos por un momento que, quienes quiera que fueran esos aristócratas, están enterrados en cualquiera de los camposantos más ilustres de Madrid que, al mismo nivel de los más turísticos de otras capitales europeas, son capaces de trascender la concepción más lúgubre y tétrica de la muerte para ofrecer una visión tan reconfortante como cautivadora.

Los cementerios de la capital son verdaderos museos al aire libre, que intercalan joyas arquitectónicas, escultóricas e, incluso, pictóricas, con la solemnidad de los cipreses centenarios.

Los cementerios de la capital, al menos algunos de ellos, son verdaderos museos al aire libre, que intercalan joyas arquitectónicas, escultóricas e, incluso, pictóricas, con la solemnidad de los cipreses centenarios. Unos árboles estos que, con su parte aérea contribuyen a dar forma a una inquietante estampa mientras que, desde el subsuelo, roen con sus raíces los cimientos de esas últimas moradas a las que dan sombra, quizás en un intento desesperado de acallar las apasionantes historias de quienes se revuelven al otro lado de sus frías losas de mármol con el anhelo de mantenerse vivos durante más tiempo en la memoria colectiva.

Estos días, en los que las lápidas y los nichos se engalanan con velas y flores de colores coincidiendo con la festividad de Todos los Santos, se presentan como una magnífica oportunidad para rescatar del olvido todas aquellas vivencias que nuestros antepasados todavía desean compartir. Eso sí, si te animas a hacerlo, ponte calzado cómodo, lleva agua, solicita autorización si es que quieres tomar fotografías y olvídate de las prisas para tratar de comprender cómo se entendía la muerte en épocas no tan remotas.

Antes de internarte en un cementerio, planifica

Panteón de los Condes de Santa Marca en San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

Panteón de los Condes de Santa Marca en San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur 

Sacramentales, municipales, privados…, las opciones son tan variadas que podría llevarnos días, incluso semanas, hacernos una ligera idea de todas las riquezas que atesoran muchos de los cementerios más emblemáticos de la capital. Por este motivo, resulta más que aconsejable preparar antes de nuestra expedición una hoja de ruta en la que se reflejen ordenadas nuestras preferencias.

En este sentido, una elección acertada, por todo lo que representa y porque es el único que organiza recorridos guiados para los turistas, es el Cementerio Sacramental de San Isidro. Gestionado por la Iglesia Católica, presume de ser el más antiguo de la capital.

Inaugurado en 1811, constaba en un principio de un único patio. Sin embargo, la demanda de sepulturas entre las clases más acomodadas fue tan elevada que, en 1852 ya se habían sumado otros cuatro patios. El último de ellos con claras influencias románticas, que invitaban a ajardinar la necrópolis y a dejar de lado la costumbre predominante de inhumar a la gente en nichos para, alejados de la humedad y los insectos, preservar sus cuerpos en las mejores condiciones posibles hasta el día en que resucitaran al toque de las cuatro trompetas del apocalipsis. Ese fue, sin ir más lejos, el tipo de enterramiento elegido por la XIII Duquesa de Alba, magistralmente retratada por Goya, el pintor zaragozano que también dio con sus huesos en San Isidro hasta que fue trasladado a la madrileña Ermita de San Antonio de la Florida.

Sepulturas que hablan, historias que conmueven

Tumba del niño Gonzalo Lilburn en el Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

Tumba del niño Gonzalo Lilburn en el Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

Al margen de su evidente valor artístico, el cementerio de San Isidro y otros de su misma índole, amontonan entre sus muros anécdotas sobrecogedoras que invitan a la reflexión. Tal es el caso del niño Gonzalo de Lilburn. Fallecido en 1871 con tan solo 25 meses de edad, recibe los pequeños presentes que la gente deposita sobre su solitaria sepultura después de que la escritora Marta Sanmamed recogiera en su libro “Aquí yace… o no” la historia de una señora anónima que, sin tener ninguna relación con el pequeño, inició esa misma tradición hace ya más de 20 años.

El niño Gonzalo de Lilburn, fallecido en 1871 con tan solo 25 meses de edad, recibe los pequeños presentes que la gente deposita sobre su solitaria sepultura

Tampoco dejan indiferentes los detalles truculentos que marcaron los últimos años de la vida de María del Carmen Hernández y Espinosa de los Monteros, conocida en un principio como la Duquesa Viuda de Santoña y, más tarde, como la Duquesa mendiga. La transmutación popular de su título nobiliario se produjo cuando, después de fundar el Hospital del Niño Jesús e instaurar la Lotería del Niño para financiarlo, acabó su existencia arruinada al verse despojada de la herencia de su marido por parte de una hija que este había concebido en una relación extramatrimonial.

Igual de dramático fue el final de la cupletista Consuelo Vello Cano quien, con el apodo de La Fornarina, falleció en 1915 a los 31 años de edad, en plena cúspide de su éxito profesional. Conocida por ser la primera intérprete de canciones como “Clavelitos” o “El último cuplé”, fue muy criticada en su época por la sensualidad que derrochaba en el escenario e incluso hubo quien consideró la sífilis o el cáncer de útero (no se sabe bien) que se la llevó al otro mundo como un castigo divino. Justo en el centenario de su muerte, todavía hay quien deja flores sobre su lápida, a los pies del imponente ángel que, probablemente como consecuencia de los estragos de la Guerra Civil Española, luce hoy decapitado.

Por desgracia, este no fue el único incidente registrado durante la contienda. El cementerio de San Isidro fue un frente activo que dejó para el recuerdo numerosos impactos de bala, aún hoy apreciables sobre nichos, esculturas y otros elementos ornamentales. Y lo que es peor, los adornos metálicos como cadenas, verjas y lámparas fueron directamente sustraídos para fabricar con ellos armamento y munición.

Supervivientes de guerra

Pese a los daños producidos durante el enfrentamiento bélico, muchos otros elementos consiguieron sobrevivir al expolio. Así, hoy podemos disfrutar, por ejemplo, de auténticas obras de arte como la que representa el panteón de los Marqueses de Amboage. Construido íntegramente por el arquitecto, escultor y pintor Arturo Mélida, yuxtapone diferentes estilos artísticos para dar forma a un espectacular pináculo calado de hierro fundido, piedra, vidrio pintado y cerámica esmaltada. Todo un atrevimiento para la época que no estuvo exento de polémica.

El cementerio de San Isidro fue un frente activo de la Guerra Civil, que dejó para el recuerdo numerosos impactos de bala, aún hoy apreciables sobre nichos, esculturas y otros elementos ornamentales

No menos impresionante es el panteón de los Duques de Denia que, a pesar de haber perdido sus forjados de bronce durante la guerra, aún conserva las siniestras esculturas del matrimonio yacente, que descansa eternamente bajo el inquietante Cristo crucificado que preside el altar.

Ángel del silencio de Pèrinat en el Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

Ángel del silencio de Pèrinat en el Cementerio de San Isidro (Madrid). Foto: AM/Efetur

Tampoco podemos olvidarnos del ángel del silencio que, apostado en la puerta del panteón de la familia Périnat, pedía silencio a los que hasta él se acercaban. Dejó de hacerlo cuando la guerra o el vandalismo le arrancaron el brazo con el que aproximaba su dedo índice hasta sus labios siseantes. Y si este ángel impresiona, el que alberga en su interior el panteón de la familia Gándara puede desatar el síndrome de Stendhal al afortunado que encuentre las puertas de acceso abiertas. Flanqueado en la fachada por esculturas de Ramón Oms, Adamo Tadolini y Felipe Moratilla, que representan las tres virtudes teologales, el ángel marmóreo de Giulio Monteverde juega con el observador a mostrarse como un hombre o una mujer dependiendo de la perspectiva desde la que se contemple.

Otros sepulcros, quizás más discretos pero no por ello menos interesantes, contienen los restos de personajes históricos como las cantantes y actrices Concha Piquer y la Argentinita, los escritores Leandro Fernández de Moratín y Ramón de Mesonero Romanos, los políticos Antonio Maura, José Canalejas, Manuel Montes de Oca y Miguel Boyer, el militar Diego de León y la única superviviente española del Titanic, Josefa Pérez de Soto Vallejo, entre otros muchos.

Lápida de Sara Montiel en el Cementerio de San Justo. Foto: Javier Jara

Lápida de Sara Montiel en el Cementerio de San Justo. Foto: Javier Jara

El arte funerario y las narraciones emotivas no son, por fortuna, patrimonio exclusivo de San Isidro. Madrid también cuenta con otros cementerios con orígenes y contenidos similares. Tal es el caso del Cementerio Sacramental de San Justo (1847), el Cementerio Sacramental de Santa María (1842) o el Cementerio Sacramental de San Lorenzo y San José (1851), todos ellos visitables y ubicados también en el barrio de Carabanchel.

En estos tres camposantos podemos visitar las tumbas de personajes literarios como Mariano José de Larra, José de Espronceda, Gustavo Adolfo Bécquer y Bretón de los Herreros; compositores como Federico Chueca y Ruberto Chapí; políticos como Francos Rodríguez, Raimundo Fernández de Villaverde, Ramón Nocedal y Pedro Sainz Rodríguez; médicos como Gregorio Marañón; y actores como Manuel Dicenta y Sara Montiel, entre otras muchas personalidades ilustres.

Uno de los cementerios más grandes de Europa occidental

Entre todas las necrópolis de titularidad pública de la ciudad de Madrid, la más conocida es, sin duda alguna, el Cementerio de Nuestra Señora de La Almudena, conocido popularmente como La Almudena.

Tumba de Maravilla Leal González en La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Tumba de Maravilla Leal González en La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Sus orígenes se remontan al 9 de septiembre de 1884, fecha en la que recibió sepultura la joven Maravilla Leal González. Según el relato que el miembro directivo de la Asociación Cementerios (AC), Javier Jara, comparte en su blog, las circunstancias personales que rodeaban a esta muchacha le empujaron, supuestamente, a quitarse la vida como última solución a sus problemas. La Iglesia, que condena el suicidio, se negó a enterrarla en suelo santo y fue necesaria la intervención del mismísimo rey Alfonso XII para que un nuevo cementerio civil se habilitara a las afueras de la ciudad.

Sin embargo, lo que definiría la idiosincrasia de este espacio funerario sería la construcción del monolito dedicado a la memoria del poeta Antonio Rodríguez y García-Vao, un auténtico tributo a los libres pensadores que rápidamente captó la atención de comunistas, socialistas, protestantes, judíos, ateos, agnósticos y masones, que expresaron su deseo de ser enterrados allí.

Iconos propios que marcan la diferencia

Atendiendo a esta tendencia, uno de los máximos exponentes es, indudablemente, el mausoleo dedicado a Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT). Construido por el arquitecto Francisco Azorín y el escultor Emiliano Barral, es un monumento de líneas asimétricas y diferentes alturas que encarnan las dificultades que el político tuvo que superar a lo largo de su vida. La iconografía en este caso, como en el del resto de tumbas repartidas por el cementerio civil, está cargada de simbolismo. Muy diferente de las representaciones católicas, aquí podemos encontrar adormideras, relieves que reflejan las labores del campo o la mina, pirámides inacabadas o alegorías masónicas, como la escuadra y el compás.

Uno de los máximos exponentes de la idiosincrasia del Cementerio de La Almudena es, indudablemente, el mausoleo dedicado a Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT)

Símbolo masón en La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Símbolo masón en La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Símbolos también presentes en el panteón del presidente de la Primera República, Pi i Margall que, calificado aún en la actualidad como un desafío a la arquitectura funeraria, está considerado como uno de los más transgresores del mundo. Una opulencia que contrasta con la sencillez de la lápida de la histórica dirigente del Partido Comunista (PC), Dolores Ibárruri “La Pasionaria”.

Junto a otros personajes ilustres como el periodista y político Ramón Chíes, impulsor en España de la jornada laboral de 8 horas, o el escritor Pío Baroja y el pedagogo Francisco Ginés de los Ríos, se abren hueco también varias tumbas alemanas, concebidas como zonas de disfrute para los familiares y provistas de fuentes, bancos y sombras. Así es, por ejemplo, el sepulcro de Johannes E.F. Bernhardt quien, según publicó El País en 1997, fue un general de las SS del que nadie parece saber cómo acabó en Madrid.

La piedra como símbolo de la eternidad

Lápida en el cementerio hebreo de La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Lápida en el cementerio hebreo de La Almudena (Madrid). Foto: AM/Efetur

Oculto tras una portezuela verde que lo comunica directamente con el cementerio civil de La Almudena, el cementerio hebreo se reserva apenas una hectárea de terreno para dar cabida a los enterramientos judíos. Fue inaugurado en 1922 con permiso del rey Alfonso XIII y se estrenó con la inhumación del correligionario gibraltareño Acrich.

De disposición sobria y sencilla, las fosas contienen un único cuerpo, como manda el judaísmo, y sobre ellas llaman la atención los caracteres hebraicos que identifican al difunto, así como las estrellas de David y los candelabros de siete brazos que adornan el conjunto.

A los profanos en la materia, también les resulta curioso comprobar en el cementerio hebreo que, en lugar de flores, los judíos colocan pequeñas piedras encima de los mármoles

A los profanos en la materia, también les resulta curioso comprobar que, en lugar de flores, los judíos colocan pequeñas piedras encima de los mármoles porque, lejos de marchitarse, perduran para siempre, como los lazos eternos que unen a los fallecidos y a sus supervivientes.

Decadencia y opulencia, las dos caras de La Almudena

Justo enfrente, al otro lado de la Avenida de Daroca, el cementerio de La Almudena dedica nada más y nada menos que 120 hectáreas a los enterramientos católicos. Las dimensiones son tales, que incluso la línea 110 de autobuses accede al interior y se detiene a lo largo de doce paradas.

Dada su magnitud, en este caso resulta imprescindible hacer una selección previa de las zonas a visitar. En cualquiera de sus rincones podemos encontrar verdaderas reliquias, como la zona de epidemias, cuya inauguración se produjo poco después de la del cementerio civil como consecuencia del brote de cólera que a finales del siglo XIX azotó la ciudad.

El cementerio de La Almudena dedica nada más y nada menos que 120 hectáreas a los enterramientos católicos

Escultura de niño llorando en La Almudena. Foto: AM/Efetur

Escultura de niño llorando en La Almudena. Foto: AM/Efetur

Allí, bajo la sombra de los cipreses, las acacias, los plátanos y los castaños, la decadencia y decrepitud de las tumbas consiguen despertar las emociones más profundas de quienes se pierden en la zona dedicada a los párvulos fallecidos por las epidemias. Prácticamente en ruinas, todavía se intuyen los forjados que en su día emulaban el enrejado de sus cunas, mientras que entre los escombros permanecen aún en pie esculturas infantiles que estremecen el alma a quien se cruza con ellas.

Esta panorámica contrasta radicalmente con la que ofrece la opulencia de los grandes panteones familiares. Alineados a lo largo de una de las arterias principales que vertebran el camposanto, compiten entre ellos en elegancia y poderío, mirando por encima del hombro a las modernas sepulturas de granito pulido que proliferan a sus espaldas.

Al cementerio católico de La Almudena acuden a diario todo tipo de personas, que buscan encontrarse frente a frente con las tumbas de personajes del mundo de las artes escénicas, como Lola Flores, José Cubero “El Yiyo”, Estrellita Castro, Enrique Urquijo o Lina Morgan; de la literatura, como Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre o Benito Pérez Galdós, de la política, como Enrique Tierno Galván; o de la ciencia, como Santiago Ramón y Cajal, por poner solo algunos ejemplos.

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Publicado en: España

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